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ARTÍCULOS 2

ORIHUELA Y LA AFICIÓN A LA COLOMBICULTURA
Sería final de la década de los 40 y buena parte de los 50, cuando en Orihuela y toda la comarca existía una gran afición por la colombicultura. La cría y vuelo de palomos deportivos estaba muy arraigado en nuestra tierra, las competiciones se llevaban a cabo, generalmente, durante los fines de semana. Los torneos eran organizados por los mismos aficionados. Consistía en soltar una paloma con una pluma larga y blanca pegada en su cola —eso se hacía para distinguirla del resto—, los concursantes daban suelta a su mejor palomo que seguía a la hembra; se valoraba la faena de cada uno para conquistarla: zureo, ruedas, pisadas, etcétera. Al final, el que lograba llevarse la paloma a su garita se proclamaba el campeón del concurso y su dueño recibía un trofeo en forma de copa o placa. La paloma y el numeroso grupo de palomos que la seguían le llamaban “La pica”, y volaban casi siempre muy alto. Algunas veces se perdían de vista, incluso durante días completos, hasta que regresaba cada uno a su palomar respectivo.
Los palomos de competición estaban muy mimados por sus dueños, se alimentaban del mejor pienso y se les suministraba vitaminas. Les aseaban sus palomares con asiduidad y les dispensaban toda clase de cuidados. Se identificaban con una anilla que portaban en una pata y el color de sus alas que eran pintadas por la parte inferior de tonalidades llamativas para ser reconocidos desde abajo. Era un placer ver a “La pica” volando con el multicolor de sus alas bajo un espléndido cielo azul y sobre los monumentales campanarios oriolanos.
Pero este escrito me ha venido a la memoria por un palomo muy famoso de la época considerado un fuera de serie conquistando a la paloma Este dandi de las alturas se llamaba “Puentetocinos”.
Todos los palomos tenían su nombre; un buen ejemplar no tenía precio, el que lo poseía no lo vendía por nada, y si lo hacía, cobraba cantidades astronómicas para aquel tiempo. Entre los aficionados existía también la costumbre de dejar su palomo a algún compañero para que “pisara” a su paloma, con ello, podría conseguir que los pichones que nacieran de esa relación tuvieran la clase del macho y fueran también futuros campeones.
El “palomista”—así se denominaba a los que se dedicaban a esta afición—, disponía de varios palomares hechos por él mismo, eran unos cajones de madera, en la parte delantera tenían una especie de plataforma a modo de terraza, con una red puesta en la parte superior que su dueño desplazaba por unos raíles tirando de un hilo a distancia que la hacía correr y cerrar cuando entraba la paloma. Estos habitáculos se encaramaban en los tejados, balconadas o corrales.
La afición a la colombicultura, afortunadamente, no ha desaparecido. Se sigue practicando, ahora con mejores medios, aunque en lo fundamental sigue igual.
Las palomas han prestado siempre un gran servicio al ser humano, incluso al Ejército, por su sentido de la orientación así como volar muchos kilómetros como mensajeras.
Antonio Colomina Riquelme
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AQUELLOS CINES DE ORIHUELA
Cinco cines había en mi juventud en Orihuela: Teatro Circo, Salón Novedades, Riacho, Avenida y Casablanca; de los cuales tan sólo dos disponían de Terraza de Verano, el Riacho y el Casablanca, los otros eran eminentemente de invierno.
Cada cine tenía sus peculiaridades. El Teatro Circo disponía de un gran patio de butacas, anfiteatro que era una fila de sillones situados en la parte alta, siendo algo más económica la localidad que la anterior, y por último la general. La general consistía en unas gradas de madera que había que compartir sin separación alguna. Gozaba de una cantina o “ambigú”, —como se decía entonces—, donde por un real podías adquirir una gaseosa fresca de un cuarto de litro, de las fabricadas por Antonio Rabasco, en la calle Obispo Rocamora.
El Salón Novedades poseía dos localidades: patio de butacas, que comprendía la parte baja y alta del local, y general, que estaba situada en las primeras filas de butaca, se dividía por una pequeña pared, no muy alta para no interrumpir la visibilidad desde la parte posterior. Ver una película en la general de este cine era terminar con tortícolis, ya que la pantalla se encontraba materialmente encima del espectador.
Este local disfrutaba la “ventaja” de encontrarse ubicado al lado de la confitería “Mary”, que elaboraba, para mi gusto, las mejores empanadillas de Orihuela. En el intermedio de las películas pidiendo autorización al portero podías salir a dicho establecimiento y volver bien pertrechado para la merienda con los suculentos manjares que allí se elaboraban. Además había un vendedor ambulante en la puerta con una gran cesta de mimbre que, por una peseta, te servía un cartucho grande con revuelto de almendras, “torraos” y cacahuetes que procesaba él mismo, estaban deliciosos.
El cine Avenida lo construyeron más tarde, era el más moderno y señorial, con su cafetería en la parte alta toda acristalada desde donde se podía observar la magnífica vista de la Glorieta. El patio de butacas era grande y bien dotado de asientos tapizados, no poseía entrada de general, y creo no equivocarme al decir que fue el primero de los locales cinematográficos de la ciudad que dispuso de aire acondicionado.
El Riacho de invierno era un buen cine, algo pequeño pero bien equipado, sólo disponía de patio de butacas. Lo mejor era la Terraza de Verano, al estar pegada al río era muy fresquito, de hecho había que llevar alguna prenda de manga larga por las noches.
El Casablanca, que en sus orígenes se llamó “CARGEN”, por las siglas de sus propietarios Cardona y Genovés, nació como Terraza de Verano, era precioso cuando lo inauguraron, las paredes llenas de celosías por donde trepaban los jazmineros y rosales, con luces de colores que asomaban por los orificios de unas máscaras situadas en las mismas mamparas entre enredaderas. Era como estar viendo el cine desde un auténtico jardín. La costumbre en este local era llevarse la cena y hacerlo en unas mesas que colocaban en la parte trasera del patio de butacas, junto a la cantina, o en el mismo asiento que se ocupaba para ver la película. Al poco tiempo se construyó el Casablanca de invierno, y la Terraza de Verano la habilitaron por el día como pista de patinaje y por la noche se convertía en cine. Los miércoles se celebraba el “Día del Productor” en todos los cines; con la misma programación del resto de la semana costaba la localidad el cincuenta por ciento más económica, por lo que se abarrotaban las salas de público.
Los colegios Oratorio Festivo y Santo Domingo, así como el Círculo Católico, realizaban también sesiones de cine, con películas dirigidas, mayormente a los jóvenes.
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AÑOS 60, EL DESPERTAR DE LA JUVENTUD
El verano de 1959 fue el que sirvió de preludio a la década prodigiosa de los años 60. El que les escribe, un joven con diecinueve años recién cumplidos, prestaba el servicio militar como voluntario en Madrid. Tras unas maniobras militares que denominaron “Operación Dulcinea”, recorriendo polvorientos campos y caminos manchegos: Albacete—campamento base—, Madridejos, Los Yébenes, Mora de Toledo, El Toboso—pueblo del amor platónico del hidalgo D. Quijote—, y tantos lugares yermos de esa parte de España. Acabadas con éxito fuimos recompensados todos los participantes con un generoso permiso de verano, dejándome caer—como no podía ser de otra manera—en mi Orihuela. Eran las vísperas de la Feria.
Aquel verano fue mágico para mí, creo que para mucha gente. La juventud comenzaba a despabilar tras un largo letargo y se palpaba en el pueblo un ambiente inusual. La Feria, que antaño se limitaba al mercado de ganado y algunas atracciones para los niños, se había transformado en un bullicio sin precedentes, las casetas de venta de juguetes y otros artículos formaban dos filas en la avenida de Teodomiro que comenzaban en la puerta del Sanatorio de don Angelino Fons y acababan muy cerca de la estación. Las atracciones eran numerosas, la terraza del Kiosco Medina estaba siempre abarrotada. Aquel año consiguieron un permiso del director del colegio La Graduada, don Antonio Pujol, para realizar en su patio verbenas populares. El Ayuntamiento organizaba concursos todas las tardes: cucañas para los más atrevidos que trepaban el enjabonado poste con la esperanza de conseguir el pollo o el conejo que había en lo alto, suelta de globos, carreras ciclistas de cintas, carreras de motos, rotura de pucheros con los ojos vendados… La glorieta por las noches se convertía en todo un espectáculo de varietés. Artistas famosas de aquel tiempo como: Gelu, Serenella, Lolita Garrido, Juanito Segarra, Las hermanas Fleta, Torrebruno, José Guardiola… Todos se dejaban oír, unos personalmente, otros por los altavoces de las distintas atracciones feriales. Pero aquel verano del 59 algo hizo vibrar a la juventud de entonces: El I Festival de la Canción de Benidorm.
El Festival de Benidorm cuya primera edición fue presentado por el famoso locutor Bobi Deglané, constituyó un rotundo éxito, se alzó con el primer premio la canción Un telegrama, interpretada por la bellísima Monna Bell. La canción fue una locura, se escuchaba por doquier. Pero la juventud quería más, estaba deseosa de modernidad y demandaba ritmos nuevos que dejaran atrás las tristes melodías de Antonio Machín, Juanito Valderrama, Conchita Piquer…, en el otoño de ese mismo año, comenzó a sonar por todas las emisoras españolas las voces de dos chicos barceloneses que fueron el delirio de la juventud durante varias décadas: El Dúo Dinámico.
En la década de los sesenta comenzaron los populares guateques; en los pickups sólo se escuchaban canciones del Dúo Dinámico, Renato Carosone, Doménico Modugno, Paul Anka, Jimmy Fontana, Los Pekenikes, y otros que trajeron sus ritmos
Alegres a una juventud que despertaba a un largo letargo tras una contienda que asoló a toda España.
Antonio Colomina Riquelme
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